Sociedad del conocimiento o sociedad de la ignorancia

Yo pertenezco a una generación que nació sin computadoras ni demás artilugios electrónicos. Pero estaba abierto al cambio. Mi primer contacto con una computadora fue en el Iteso, no me refiero a la antigua computadora gigantesca, sino a unas que importó Juan Lanzagorta que cabían en un escritorio. Mi fascinación fue tal, que inmediatamente la recomendé para mi centro de trabajo. Era una solución perfecta a la tediosa tarea de sumar el consumo mensual de los clientes y transcribirlos en una máquina de escribir. Los resultados el primer mes fueron los esperados, en vez de una semana y cientos de horas hombre dedicados a sumar y a escribir, en media mañana teníamos los recibos de cobranza.
Nunca me interesó, ni me ha interesado, el saber cómo funcionan y cómo se programan, sino el que se puede hacer con las computadoras… hasta que los avances tecnológicos me rebasaron. Los cambios se sucedían más rápido que lo que yo podía aprender. Me quedé con lo básico, Windows, Office, Adobe y otros pocos más.
Muy pronto descubrí Google, Yahoo y otros buscadores. Para mí fue la puerta a la información, pero de nuevo la tecnología me rebasó y aparecieron las redes. No entendía, y sigo sin comprenderlas bien, su aporte al conocimiento. Todo está en la red, cualquier tipo de información o conocimiento. Para aprender, es como si nos colocaran un menú de miles de opciones sobre un mismo tema. Pero hay que dar el paso de tener la información o el conocimiento a pasar al saber. Aquí entra en juego el razonamiento y la reflexión. El paradigma Ignaciano de la educación: conocer a los expertos, discernir y actuar.
La red puede abrumarnos o colmarnos de conocimientos, pero el aprendizaje es un proceso individual. La red no trata de leer libros en formato electrónico, sino de interactuar con otras personas, exponiendo puntos de vista, en ocasiones divergentes, enriqueciendo el proceso de aprendizaje, ya que nos obliga a pensar para poner cosas inteligentemente en blogs, chats, redes sociales etc.
Sin saberlo, he estado aprendiendo en red los últimos años. Mis cursos los preparo con información que saco de la red y aunque no sea consciente de ello, pertenezco a muchas redes en las que interactúo.
La más obvia es la plataforma de moodle, todos mis cursos los tengo ahí, pero creo que no está bien aprovechado todo su potencial. En los últimos semestres he introducido los foros, a los cuales los alumnos no están acostumbrados. Más de la mitad de las intervenciones son para salir del paso, con frases como “estoy de acuerdo con fulanito porque . . .”
Mi gran pregunta es, ¿aprenden los alumnos en red o aprenden más en clase con ejercicios? Sé que la red es muy potente y que puede ayudar al aprendizaje, siempre y cuando se utilice debidamente.
La red es un arma de doble filo, o se utiliza para aprender o se utiliza para salir del paso. Los copy/paste son el pan de cada dia, es inevitable. El MEI del ITESO, puede convertirse en una guía para que realmente los alumnos aprendan en red, sin necesidad del copy/paste.
La infinidad de escritos sobre un tema que están subidos a la red, pueden llegar a confundir al alumno, al no saber qué fuentes son confiables y cuáles no.
Los foros y los ensayos son buenos indicadores para monitorear el aprendizaje de los alumnos.

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La curiosidad

Generalmente en nuestra infancia nos enseñan a no ser curiosos, lo que nos va formando un hábito perjudicial para la investigación. A mi, en lo particular me agradaba desarmar las cosas para conocer su funcionamiento, era un ingeniero en potencia.

Es muy agrable el desarmar un reloj (de los de antes) y observar los engranajes, resortes, pernos y demás mecanismos. Inmediatamente me surgia la tentación de desarmarlo. Nunca llegué a volver a armar ninguno, lo más fue armar uno en el que las manecillas giraban al revés. Algún engrane lo puse mal, pero el reloj funcionaba, era cuestión de aprender a leer la hora al revés. ¿Alguna vez lo han intentado?

Por ejemplo, cuando el reloj marcaba 10 minutos para las diez, en realidad eran las dos y 10.

También mi curiosidad me llevó a leer muchos libros, creo que soy de las pocas personas que han leído la Biblia como si fuera una novela, de la primera página a la última. También devoré el Quijote, a Shakespeare. La novela de “el padrino” de Mario Puzo, lo leí en una mañana, en clases durante la prepa.

Aún soy curioso, pero la vida me ha enseñado que también hay que ser discretos, no sea que como al gato, me mate la curiosidad.

Cien años de soledad

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el Hielo.

Gabriel García Márquez (Cien años de soledad)

Cuando entré a la universidad (ITESO) a estudiar Ciencias de la Comunicación, acaba de salir a la luz Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. Yo era un ávido lector que devoraba libros, principalmente de literatura latinoamericana, y obligadamente me di a la tarea de leer al Gabo. Había leído su relato de un náufrago, en el que narra la aventura real de un pescador que quedó a la deriva.  Esta obra era más bien una historia periodística que una novela. Encontré en esta pequeña obra un estilo literario más que periodístico, que atraía al lector a seguir leyendo.

Cuando salió a la venta cien años de soledad, me apresuré a comprarlo. La primera vez que lo leí, fue una lectura rápida, siguiendo los acontecimientos y tratando de ubicar quién era cada protagonista. Lo complicado de la genealogía me confundió, pero en lugar de abandonar la lectura, me infundió la curiosidad. ¿Quién era quién y cuál esta su papel en la novela?

Hay personajes secundarios que me llaman mucho la atención. El gitano Melquíades y su difusión de los adelantos científicos como si fueran actos de circo. Su muerte y posterior resurrección para acompañar a la familia Buendía en la búsqueda del conocimiento; desde el patriarca José Arcadio Buendía, que veía en los fenómenos físicos llevados por Melquíades a Macondo, mas la magia que la ciencia, hasta Aureliano Babilonia, quién terminó de decifrar los pergaminos de Melquíades y con ello descubrir, que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrían una segunda oportunidad sobre la tierra.

Pilar Ternera, madre de dos hijos de los Buendía, cumplió bien el papel que le designó García Márquez en la novela. De hecho fue la que continuó con la estirpe; Jose Arcadio con su cuerpo lleno de tatuajes, imagen del protomacho en la novela, no tuvo hijos con Rebeca y el Coronel Aureliano Buendía, que tuvo 17 hijos durante las guerras, no llegó a ver más que a los hijos de Aureliano José, el hijo que tuvo con Pilar Ternera.

Estos dos personajes, Melquíades y Pilar Ternera, son la línea conductora de la novela. Ursula Iguarán, pese a sus cien años de vida, es un personaje que siempre está ahí, pero en segundo plano, como las abuelas antes y abuelas de todos. Enzalzada a veces y ridiculizada otras, representa la unidad de la familia. Pilar indiscutible durante los años de “locura” de José Arcadio Buendía, desaparece como protagonista, en los primeros años de la fundación de Macondo, y deja su lugar a amantes, hijos, nietos y bisnietos acogidos en la casa paterna.

En la novela sucede todo, miserias y grandiosidades, personajes liberales y conservadores, guerras y paz, sueños y realidades, hasta una masacre testificada por José Arcadio II y de la cual salió ileso.

Pero lo mejor del libro no es su “historia”, sino el manejo del lenguaje que hace García Márquez. En el epígrafe de este blog, podemos encontrar tres tiempos verbales;  “muchos años después (tiempo pasado, adulto), frente al pelotón de fusilamiento (presente), el coronel Aureliano Buendía había de recordar la tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo (tiempo pasado, niñez).

El mismo García Márquez nos relata en el video, qué es lo que pretendió con su obra.